EL LIBRO DE MANUEL GARCIA “MEMORIAS DE POS GUERRA. DIALOGOS CON LA CULTURAL DEL EXILIO (1939- 1975)

EL LIBRO DE MANUEL GARCIA “MEMORIAS DE POS GUERRA. DIALOGOS CON LA CULTURAL DEL EXILIO (1939- 1975)

 

                     POR ELENA PONIATOWSKA

 

Los libros que se refieren a  la guerra de España  conmueven hasta la médula y esto me sucede con el libro de Manuel García “Memorias de pos guerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939- 1975)” publicado por la Universitat de Valencia en España. No es la primera vez que Manuel García habla con particular excelencia del  exilio. Ya lo había hecho como autor y editor con el libro “Exiliados. La emigración cultural valenciana. Siglos XVI – XX”.  Este libro consta  de entrevistas con personajes  que tuvieron que salir de España para poder seguir viviendo, hombres, mujeres y niños perseguidos por la guerra civil, varios de ellos para mí entrañables, Max Aub, Federico Álvarez, los hermanos Mayo, Adolfo Sánchez Vázquez, Concha Méndez avecindada en Coyoacán y el politólogo Rafael Segovia que se casó con mi compañera del  Liceo Franco Mexicano, Polo Forcella.  El libro de Manuel García incluye además a mexicanos de la talla de Octavio Paz y José  Luis  Martínez y a seres mágicos y creativos como los dos fotógrafos Kati Horna y Walter Reuter. Concha Méndez era un sol de más en el jardín asoleado de Coyoacán, madre de Paloma Altolaguirre. Ese jardín también albergaba a Luis Cernuda quién vivía con lentitud su exilio mexicano “Amargos son los días/ de la vida viviendo/ solo una larga espera/ a fuerza de recuerdos”. Mientras le enseñó a leer a Paloma Altolaguirre, madre de un escritor cuya muerte todos lamentamos porque era un muchacho espléndido: Manuel Ulacia,  poeta y autor de un  libro sobre Octavio Paz con quién pasó muchos fines de año, muchos de los 31 de  diciembre de su joven vida.

    Paloma, hija de Concha Méndez y Manolo Altolaguirre es quién más cercanía tuvo con Luis Cernuda y nos cuenta cómo iba casi a diario al cine y asistía puntualmente a su aula en la Universidad Nacional Autónoma de México. Era un hombre guapo y pulcro, leía mucho, oía música clásica y veía a muy poca gente. Gracias a las preguntas de Manuel García a Luis Alcoriza, director de cine, me entero de que tanto Buñuel como Luis Alcoriza se propusieron filmar la novela “Bajo el volcán” de Malcolm Lowry y se dieron cuenta que era inadaptable porque en el cine lo que cuenta es la imagen y la emoción visual y aunque años más tarde Richard Burton habría de interpretar al Cónsul, la película no logró reflejar la vida interior de ese gran bebedor que pasó su vida en una cantina mexicana y reflexionó durante horas en el significado filosófico de un letrero plantado en el pasto del jardín principal de Cuernavaca que decía: “¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!”. Malcom Lowry que nunca se protegió a sí mismo pensó que este mensaje enviado desde el más allá le estaba destinado y sin embargo lo desoyó.

 

 

     El gran actor Augusto Benedico recuerda a Ofelia Guilmain y asegura que los años cuarenta son los años del Cine Nacional Mexicano. Como soy devota no sólo del cine de Luis Buñuel sino de su persona atesoro una anécdota a propósito de un oso que vive con una familia simplemente porque a don Luis se le antojó meterlo a la casa y sobre todo la de unas hojas de árbol que de pronto caen sobre la cabeza de unas mujeres. Nadie entiende qué diablos hacen las hojas de árbol dentro de los sanitarios como suelen llamarlos ahora en México y por qué van a dar sobre el cabello de las mujeres y nadie se pregunta si vienen o no a cuento, es simplemente una fantasía buñuelesca que el mismo Buñuel explica: “En España hay una ciudad que se llama Cuenca que está sobre un acantilado. El servicio da al precipicio. Y como está muy alto se ven volar las águilas, hay mucho viento, y el viento trae muchas hojas y a las mujeres se les llena la cabeza de hojas”.

En este momento en que acabamos de celebrar el centenario de Octavio Paz, el historial latinoamericano de Juan Gil Albert se vuelve muy importante porque fue secretario de redacción de la revista “Taller”  que Octavio Paz siempre consideró esencial dentro de la historia de la literatura hispana. La respuesta  de Juan Gil Alberto es particularmente emotiva porque habla de Elena Garro y de su hija, Elena Paz Garro que murió un día antes del gran festejo en Bellas Artes del centenario de Octavio Paz, el domingo 30 de Marzo. Juan Gil Albert le confía a Manuel García que no ha olvidado nunca a Elena Garro y que la separación de ambos, Octavio y Elena, le dolió mucho. Cuando Elena estuvo en España con su hija también Elena, a Juan Gil Albert le extraño mucho que no lo buscara porque tenía una buena amistad. También Gil Albert responde humilde y extrañado a la pregunta de Manuel García acerca de su candidatura al Premio Príncipe de Asturias. “Se lo dieron a Rosa Chacel. Nosotros nos conocíamos de antes de la guerra. Luego la vi durante mi exilio cuando viajé a Río de Janeiro”. También le pregunta Manuel García a Gil Albert: “Usted es ahora presidente del Consejo Valenciano de Cultura, un organismo en el que no hay ninguna mujer. ¿Qué le parece?” y con toda humildad el entrevistado responde: “Me dice usted una cosa que no me había planteado. Es el primer comentario que recibo al respecto. Claro que si usted lo dice deberíamos reflexionar sobre el tema. Me quedo impresionado por lo que dice”.

Debo afirmar aquí que tengo una enorme devoción por los republicanos y siempre atesoré su amistad, la de Monseñor José María Gallegos Rocafull que comía cada quince días en casa de mis padres y esperábamos con ilusión, la de Juan Rejano que parecía un toro de Miura, la de León Felipe en su casa de Miguel N. Schultz que llamaba a su  mujer: “Bertuca, Bertuca, ven a ver a una polaquita”, la de José Gaos y Eduardo Nicol a cuyas conferencias mi madre acudía desde que leyó su libro “Psicología de las situaciones vitales”, la de Angelita, mujer de Miguel Prieto, gran amigo del astrónomo Guillermo Haro quien formaba el suplemento cultural del periódico “Novedades”. Aunque nunca conocimos al filósofo Joaquín Xirau,  padre de Ramón fuimos durante años amigos de Ramón y Ana María y su hijo Joaquín, menor que mi hermano Jan muerto a los 21 años solía jugar con el bajo el gran sabino de la casa de La Morena número 426. Lo llamábamos Tin.

 Todos los años, el día de Reyes, el 6 de enero Raoul y Carito Fournier ofrecían una rosca de reyes en su casa de San Jerónimo y allí pude conocer a Nicolau d’Olwer quién declaró que Sahagún en su “Historia general de las cosas de la Nueva España” es el primero en darnos una posible clave para la comprensión total, íntima del mundo, la cultura y la religión aztecas. Más tarde todas las escritoras habríamos de apasionarnos por Joaquín Diez Canedo, su pipa y sus ediciones maravillosas, su paciencia a toda prueba para editar la monumental “Terra Nostra” de Carlos Fuentes (Monsiváis decía que era necesario obtener una beca Guggenheim para poder leerla) y “Palinuro de México” de Fernando del Paso. La China Mendoza gritaba a todo pulmón desde la entrada de la editorial Joaquín Mortiz, “Joaquín te amo, Joaquín voy a matarme si no me correspondes” y Joaquín acostumbrado a las cumbres borrascosas de la que son capaces las mujeres enamoradas ni siquiera sacaba su pipa de su boca.

 

De todos, la amistad más profunda que hice fue con el retraído y expectante Vicente Rojo de mi misma edad, con quien comparto algo intangible que ambos llevamos dentro y tiene que ver con el silencio.    

Como pude entrevistar a Félix Candela que aguantó mis preguntas de primeriza me fascinó leer lo que otro arquitecto Enrique Segarra (quién construyó la mitad del puerto de Veracruz según Ruiz Funes) y admiraba al extraordinario Félix Candela, el creador de las cubiertas aladas, quién trabajó para el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez durante las Olimpiadas de México de 1968. Candela hizo el Palacio de Deportes de la Ciudad Universitaria y como paso por ahí con frecuencia recuerdo a Candela también con frecuencia.  Siempre que veo techos tirados como pañuelos o cofias de religiosas de San Vicente encima de construcciones  creo que las dejaron caer desde un avión Félix Candela, inventor de las bóvedas de cascarón de 5 centímetros como todavía puede verse cual ala de paloma encima del restaurante de Xochimilco.

Así como la película “Subida al cielo”, el gran exilio español en México nos subió a nosotros al cielo, al de la inteligencia, al de la nobleza y en cierto modo al del heroísmo porque nos enseñó que hay causas por las cuales vale la pena jugarnos la vida. Todos nos lanzamos  de cabeza dentro  del corazón republicano porque era noble, era cálido, era generoso y hasta tenía sentido del humor. Todas las mañanas, los que llamábamos “los refugiados” amanecían a su nueva vida con una entereza que ya quisiéramos para un día de fiesta. Luis de Llano Palmer empezó a ganarse la vida en la XEQ. Nadie le tuvo miedo al trabajo, y todos los periodistas recordamos a los hermanos Mayo, a Faustino, a Julio, a Cándido que hoy podrían equipararse a Goya con todos sus retratos de la realidad, así como Goya podría ser “el primer reportero del siglo XX como le dijo Julio a Manuel García.

Por último quisiera recordar a una mujer que no aparece en el libro de Manuel García  y llevaba el nombre de Encarnita Fuyola. Vivía muy pobremente en la calle de López arriba de la tienda de platos, cazuelas, vajillas, sartenes, vasos y jarrones llamada “El ánfora”. Era vieja y gorda. Nunca la vi sin su delantal y cada vez que la visité la encontré en su silla de ruedas. Tuvo un hijo con un mexicano; no la cuidaban ni el padre ni el hijo. Me contó que había sido enfermera del Hospital  Obrero que dirigía el  doctor Juan Planelles durante la guerra y trabajó junto a Tina Modotti. “Yo no era importante, ni siquiera enfermera, era una afanadora, sacaba las bacinicas”. Escucharla fue un bálsamo y una lección de vida y una tarde, después de una copita de jerez que compré en una tienda de abarrotes y bebimos contentas, me confesó que ella era la guerrillera que había ayudado a volar un puente y aparecía en el libro de Hemingway de “Por quién doblan las campanas”. A su entierro no acudió nadie, ni siquiera su hijo. 

Sólo me queda agradecerle al magnífico escritor que es Manuel García su magnífico libro y decirle que la lucha heroica de los republicanos fue una lucha libertaria que él supo consignar al entrevistar a  algunos de los que vivieron su exilio entre nosotros para honra y riqueza de la cultura mexicana.

                 FIN

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