-I-

Mi papá era campesino.

En el campo se asomaba

el refugio de su inocencia.

Nunca sintió más nostalgia

que cuando se mudó a la ciudad,

a estas paredes de concreto,

grandes e inmutables.

 

“Falsos profetas por doquier”, pensaba.

 

Campesino, tus manos extrañan la tierra;

las mías casi olvidan el barro.

Abrázame con tus grietas y tu cansancio.

Apriétame con tu hermosura desgastada y

con tu olor a café caliente y amargo.

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