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Desde la Herida

A mis 35 años de edad leo “Diario de Un Cuerpo: No Estoy Loca, Soy Cíclica” y por primera vez encuentro un espejo que me da un reflejo aceptable y benevolente en cuanto a mi ciclo menstrual, mis hormonas y mis cambios cíclicos. La autora dice en varios de sus párrafos que escribe desde (y a veces sobre) la herida, y me he dado cuenta de lo abierta que está esa herida femenina, esa herida de niña, adolescente y de mujer; esa herida que ni si quiera sabía yo que tenía, o más bien no sabía cómo llamarle… sencillamente pensé que era única y rara y loca. Pero no, sucede que la otras heridas (peyorativamente etiquetadas como “locas”) lo cubren, lo disfrazan, lo mienten o -se- lo niegan mejor que yo. Es por eso que ahora la abro para que salga lo que guarda dentro y entonces pueda cauterizar por completo y al fin.

Como escribo desde mi herida, he de advertir que si te ofendes sólamente puedo decirte que tal vez haya alguna verdad por aquí escondida, que también sea la tuya. Estoy por el momento, vacía de apologías.

Bien, te cuento. Después de 12 años de trabajo con niños me he dado cuenta de que los conceptos de género, de belleza y del deber ser, son aprendidos y casi dados como alimento diario, desde la perspectiva capitalista-patriarcal de la que nosostros mismos somos producto. El capitalismo nos ha vendido esos conceptos envueltos en materiales de colores llamativos en forma de revistas, programas de TV, anuncios panorámicos, productos de “belleza” y de “salud”, que no son más que los soldados de la esclavitud moderna y de la misoginia masiva. A lo largo de estos años he encontrado que mis alumnos, sobre todo los varones, tienden a ver con ojos de inocencia y pureza todo lo que les rodea. A las niñas les van enseñando desde muy temprana edad, qué significa “ser bonita”… y una vez con ese sensor en mente, la sociedad deja caer su manto de vergüenza y culpabilidad sobre ellas. A los niños se les permite crecer en su inocencia un poco más, siempre y cuando no se olviden de ser “buenos deportistas” y pobre de ellos que se salgan de esa norma… entonces pasan a ser cubiertos por ese manto de vergüenza y culpabilidad del que hablo.

La herida desde la que escribo tuvo su primera incisión cuando mi mejor amigo de la infancia me llamó “gorda” como insulto, a los 8 años. A decir verdad, no fue hasta mucho después de esa edad en que entendí por qué aquel “insulto” me habia dolido tanto. Él y yo jugábamos como hermanos, prácticamente todas las tardes de la primer década de mi vida, como tales nos peleamos innumerables veces y también dormimos juntos innumerables veces. Yo no tenía esa feminidad que mis amigas tenían… yo jugaba a la tierra, al soccer, a los soldaditos, a trepar árboles y a hacer barcos piratas y mapas del tesoro. Él y yo eramos como sombras mutuas. A la vuelta de los años me doy cuenta de que me dolió que me llamara gorda porque yo no sabía por qué me había llamado “gorda” si yo era de la talla media. No fue hasta mi adolescencia en que empecé a ponerle sobrepeso a mi vida. La segunda razón por la que me dolió y la que más pesó en ese momento, fue la forma en que me lo dijo. Él me dijo “gorda” pero bien pudo haber sido un “no quiero jugar contigo”… dolió porque fue mi primer verdadero encuentro con el rechazo de un ser querido; particularmente de un niño, de mi mejor amigo.

Esa feminidad “propia” de las niñas a la que me refiero, me causó mucha confusión antes de mi adolescencia. Pensaba: todas nacieron niñas y yo no sé qué soy. Soy rara, no me gusta el rosa, me burlo de las cantantes de pop, me gusta un grupo que se llama Led Zeppelin, me encantan las barbies igual que el soccer y que los barcos pirata… yo no quiero pintarme las uñas, yo no quiero tener un vestido que me haga parecer un pastel…no me gustan los pasteles rosas. A mí me gusta el chocolate. Me gusta mancharme. Me gusta ser como niño. Pero no quiero ser niño. ¡AY, QUÉ CONFUSIÓN! Me dí cuenta tiempo después, de que lo que yo queria era ser yo sin nombres, en una palabra: libre.

Justo a tiempo… llega la adolescencia con sus hormonas y sus senos y esos sostenes horribles que a la fecha detesto, que parecen cinturones de castidad para las tetas, que ciñen la espalda ¡No por favor! Restricciones y más restricciones… y la regla. La jodida y nefasta “regla”. Esa que me tendría como rehén por siempre, que me haría sentir vergüenza; cómo pedir permiso para ir al baño, cómo parecer feliz con dolor constante, cómo no llorar por todo y luego reír y luego querer dormir. Es vergonzoso sentir que te escapas de tí misma… que te pierdes de tí, que no te pertenences. Avergonzada de mi cuerpo forzado a crecer por sí sólo, sin mi consentimiento. Condenado a muchos años de sufrimiento: es así como se siente. Es así como sentí.

En ese no saber, en esa vergüenza, en esa culpa, en ese dolor físico y emocional, crecí. Sin embargo, al crecer me dí cuenta que eso que me hacía rara y no femenina, era muy atractivo para los demás. Entonces, las relaciones sociales nunca se me complicaron y yo era amiga de todos y todas por igual. Cada quién tenía su grupito y yo creo que caí en todas partes, unas veces más que otras. Pero, como nada es para siempre, la segunda incisión llegó cuando me dí cuenta de que el niño que me gustaba en la secundaria me veía casi como a otro niño. De nuevo el rechazo… ¿sería por gorda? Habría de poner en contexto que mi sobre peso no llegaba a los 10 kilos físicos, pero mi sobrepeso emocional era obeso. Esa experiencia a los 9 años (entre otras cosas) difinió lo que yo misma me dije que era, por muchos años… hasta que me dí cuenta de mi error. Ante la imposibilidad de salir con él (y a mí me gustó un sólo chico por tres años) me concentré en mis amistades y en mi desarrollo intelectual. Siempre había sido una niña de libros y de música. Un niña de idiomas y fantasías, escribía y escribía. Escribía todo y de todo. Tomaba fotos como respirar. Cantaba todas las tardes, casi como reto tenía que me escucharan los vecinos. Cantaba y bailaba para mí, y escribía para mí, y existía para mí. Vivía en mi mundo. Pero siempre busqué vivirlo para otros.

Ahora, después de un par de décadas de ese entonces, apenas hace unos 5 años, decidí desistir: dejar de cantar, y amar, y existir y escribir para los otros… y hacerlo conscientemente y con amor, sólo por y para mí. Ha sido un camino muy difícil de recorrer, lleno de incisiones sobre la misma herida hecha por el mismo sexo una y otra vez: “me gusta tu amiga, contigo sólo estoy jugando”, “es difícil competir contigo”, “no me dejas tener más novias”, “eres complicada”, “no quiero una relación pero me encanta pasar el rato contigo”… entre otras líneas más creativas y ofensivas.

Por otro lado, está el sexo masculino que me ama y me adora, tal y como soy… como amiga. Casi creo yo, como hermana mayor o figura materna. Soy la amiga que resuelve, que presta dinero, que presta el hombro para llorar, que escucha interminablemente la misma historia una y otra vez, quien es apreciada por el confort y la seguridad que ofrece. No es un amor falso, es muy real y estoy infinitamente agradecida por él, pero es platónico. Es un amor que igualmente existe para cubrir una necesidad de un rol femenino; es una amistad ligada a un contexto Freudiano de la mujer.

El sexo masculino como pareja, en mi experiencia, ha sido implacable (no perdona fácilmente, hay qué hacer méritos por los errores, aunque ellos los comentan a diario y el perdón sea concedido a solicitud), demandante, violento, arrollador, intolerante y demoledor de mujeres como yo. El sexo masculino al que yo me he enfrentado ha, de alguna u otra manera, reducido el rol de la mujer a alguien que no debe tener “tantas” opiniones ni “hablar tanto”. Dicho de otra forma: sé sumisa y no pienses tanto. No pienses. No seas rara. No seas diferente, sé un estándar.

Curiosamente, hace algunos años dejé de llamarme “gorda” (que en mi contexto había sido sinónimo de poca validez, error, no digna de amor, fácil de engañar) porque me dí cuenta que ese rechazo venía del miedo a ser retados. Me dí cuenta que hay atractivo por el físico, pero que al abrir mi boca para opinar es cuando ya no gusto. No es que eso sea mejor, ¡por supuesto!, es sólo que me dí cuenta de que el problema no soy yo… el problema es de quien ve un problema en mí. Sea por mi físico, mi incansable forma de amar (hay personas que no pueden con tanto) o mis opiniones. Sé quien soy, amo quien soy. Me he aceptado con todo lo que me hace ser yo. Incluso esta historia, esta herida que abrazo desde lo más puro de mi ser… y a la que agradezco su existencia por haberme hecho la mujer que soy. La mujer que no estoy dispuesta a cambiar por nadie, porque yo no estoy en venta. Soy imperfecta… igual que tú. Soy cíclica en mi ser hormonal… y ahora no es la jodida regla… es la razón por la cuál existo y me siento privilegiada por ser mujer.

Mis “te amos” no son muchos, pero son sinceros… porque sólo se puede dar a otros lo que nos hemos dado a nosotros, una y otra vez.

Se cierra la herida… y te beso desde ella.

 

 

 

 

 

 

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Llegat. (i punt) Legado. (y punto)

Andrés Fábregas Roca va ser un exiliat Català que va arribar al vaixell Sinaia en 1939. Capità de Ifantería contra el front Franquista durant la Guerra Civil Espanyola; refugiat en sòl mexicà, entrant pel port de Coatzcoalcos, Veracruzamb el número 120. Port al que la comunitat de refugiats va cridar “El Port de l’Esperança”. (Escrit en Català com homenatge a un home que va ser obligat a renunciar a la seva llengua, per sumerjirse de ple en aquella de qui li van privar de la seva llibertat).

Andrés Fábregas Roca fue un exiliado Catalán que llegó a suelo mexicano a bordo del barco Sinaia en 1939. Capitán de Infanteria contra el frente Franquista durante la Guerra Civil Española. Refugiado que entró a suelo mexicano con el número 120, por el puerto de Coatzacoalcos, Veracruz; puerto al que la comunidad de refugiados llamara “El Puerto de la Esperanza”. (Escrito en Catalán, como homenaje a un hombre que se vio obligado a renunciar a su lengua, para entonces sumergirse por el resto de sus días, a la de aquellos que le privaron de su libertad).

Del Puerto de la Esperanza, a la tierra de la Selva Lacandona, en donde él econtró su refugio para siempre (lo que sea que para siempre le haya significado); aunque apuesto a que no hubo un sólo día en que aquél erudito de guayaberas blancas, que se conducía con la sencillez y la humildad a la que una de esas guerras seguro que te llevan, no pensara en la hija que le fue despojada por la guerra, en el hermano que vio morir en batalla, en su madre deteriorada por lo sucedido, o en su tierra y su lucha y su gente y su lugar familiar; o en la terrible experiencia de pisar un campo de concentración en suelo foráneo o en su encarcelamiento por declararse en contra de una dictadura. Segura estoy de que él pensaba en ello a diario.

No obstante, aquél hombre que por meses en altamar no sabía si su vida tendría puntos suspensivos o punto final antes de ver la mitad de su tercera década, encontró en el estado de Chiapas un espacio para echar raíces, un lugar para extender su corazón y su conocimiento; dando como resultado 6 hijos y los mejores años de la eduacion pública superior en el estado de Chiapas. Andrés Jaume Higinio Fábregas Roca, médico de profesión, dedicó su vida (el resto de su vida, su segundo capítulo postguerra-exilio) a la educación en el estado de Chiapas. En estas tierras fértiles en todos los sentidos, que le abrazaron sin miedo, junto a una exhuberante, proliferante e irrepetible generación de personas devotas y concedoras de la educación, las artes y las ciencias sociales y exactas; Fábegas tejió su legado que dejaría como invaluable y atemporal agradecimiento a la tierra que le dio el valor y las oportunidades que la suya por nacimiento le había negado.

Cofundador de la UNACH y el ICACH (Ahora UNICACH); rector de ambas instituciones, catedrático del Tecnológico Regional; profesor de filosofia, geografía, historia, biología, etimologías, física, etc; Andrés acuñó sin etiquetas, los terminos de la eduación ‘moderna’, “diferenciación” y “transdisciplinariedad”. Dedicó su vida a ser un profesor de excelecia, en donde su cátedras y exposiciones fueron tan efectivas y perdurables que los alumnos egresados pasaban los exámenes de la UNAM y el Politécnico sin problemas; en donde a la fecha mi padre, su ex alumno, aún recuerda sus clases verbatum en varias materias. Un hombre de buen uso del sentido común, sabio de vida en la extensión de la palabra; multifacético (excepto para bailar breakdance con sus nietas) y humilde… Andrés, nos heredó el sentio de justicia social, igualdad, honestidad y agradecimiento; por medio de la educación. La educación como medio y como fin último de las cosas.

Pero, Fábregas Roca no era sólo el maestro Fábregas… Andrés era mi abuelo; mejor conocido como “Papo” para sus nietos. Mi abuelo Andrés fue mi primer y último maestro de lengua Catalana; un refugio para mis tardes de infancia temprana, un cómico a quien le quedaban flojos los calzoncillos; quien calzaba sus sandalias con calcetas (gusto que le heredé), quien me dejaba ponerle su colonia “Lavanda” en el cuello, quien jugaba con nosotras al break dance y al “arre arre cavallet” en sus rodillas, a perseguirnos por la casa, a dejarnos jugar con su material de química (yo amaba su modelos de átomos y moléculas), quien siempre nos dejaba dibujar en su escritorio mientras él se ocupaba seguramente en algo de sus clases. Era un hombre sencillo no ostentoso, quien sabía qué era lo verdaderamente importante en la vida. Mis abuelos no gustaban de lujos ni cosas materiales más allá de lo necesario, el lujo en esa casa eran los libros, el tiempo compartido y la conversación enriquecedora.

Andrés nos contaba historias de la guerra con toques de buen humor, nos dejaba jugarle su cara con nuestras manos, jugarle el cabello… Andrés nos amó y nos disfrutó como seguramente sólo una persona que lo ha perdido todo, puede hacerlo. Mi abuelo Andrés nos enseñó con su ejemplo, que la arrogancia no forma parte de la enseñanza, que para poder transmitir conocimiento uno debe de amar a quien habrá de recbirlo. Sin palabras cursis, mi abuelo me enseñó -ahora lo veo-, a la distancia y con los años, a amar mi profesión de educadora… siempre poniendo por delante la dignidad y el respeto por el individio y su comunidad, con responsabilidad, congruencia e integridad; pero sobre todo, con libertad. Entre mis favoritos está un discurso en donde dice que en la vida “hay que ganarse el derecho a decir ‘hice lo que pude’…” pués bien, estoy haciendo lo posible por ganármelo.

Ese ha sido y seguirá siendo su legado. Todos sus hijos e hijas han pasado por “la educación” desde diferentes perspectivas. Mi madre siendo su espejo, ha hecho su parte para implícitamente enseñarme por qué estamos en este asunto tan importante, como es el de la eduación. Y si miramos bien a fondo, es por el amor a la humanidad; por la necesidad de formar seres humanos críticos, con sentidos de justicia e igualdad; de buen corazón, quienes sean íntegros y libres en sus elecciones… buenos ciudadanos del mundo.

Analizando las cosas, puedo concluir que mi abuelo Andrés nunca dejó la lucha… solo cambió de trinchera.

“Sin dignidad no hay libertad” -Andrés Fábregas Roca, en un discurso a graduados de bachillerato.

http://www.dgip.unach.mx/index.php/18-textos-universitarios-para-el-fortalecimieanto-de-los-cuerpos-academicos/134-andres-fabregas-roca-obra-reunida

 

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Back to Basics, vol. II

The conception of slowing down and its links to compassion

By Alejandra López Fábregas

“En la calle aprendí [rescuing a sick stray cat] que si a un animal o ser humano le das amor, te regresarán amor”. -8 year old student.

It’s been suggested by iNoam Chomsky, that iiAdam Smith’s philosophical approach to politics and economy was based on the fact that humans are naturally compassionate and that in order to be successful, we needed to get rid of said trait, and start thinking individually. In other words: “Divide and conquer”… conquer what, I wonder.

Parting from the notion that success is measured on paper (by getting degrees or work promotions), peers and society recognition, and financial wealth; it makes sense thinking that in order to succeed in life –in other words, be worthy of admiration and respect, one has to always be ‘doing something productive’. We have developed money-driven societies at the expense of our natural resources, our mental health and our emotional balance. We have been taught that nothing comes with no effort and therefore, the paradox: if you are poor, unsuccessful and underachieving it’s because you don’t try hard enough; because you have not studied enough, worked over time and weekends; and because you haven’t followed certain standards which are necessary to succeed; yet there are unemployed people (or at the very least working at something they feel unhappily about) with degrees or trying hard to keep a business afloat, all over the world.

It’s as though we have created the perfect formula, the flawless recipe to success. People take pride in working longer hours and weekends, on getting bigger debts, more credentials and bigger commitments. We have been taught that that kind of success is the undeniable, most accurate form of happiness, and that there is no other way to achieve being successful –therefore happiness- than that which has already been paved for us, this way.

This brings me to the long ago forgotten concept of compassion. Some Asian practices tell us that compassion begins with the self; that like mirros, we can only reflect what we already have, and that compassion for others if not felt for ourselves first, is a false notion of it.

We start out by being our own best friend. Some would say children are selfish, but I believe to a certain extend, they simply think logically. When my friend was confronted by her 3 year old son asking her why she had given his pizza away to another child (a child begging in the street), she was ashamed and somewhat bothered by her son’s question. She explained that some children are not as lucky as he is, to which the child replied “but, mommy, doesn’t he have a mom who can buy him a pizza? You are my mom.” This moment reassured me that for a young child, life is a mirror and he puts himself first.

In the western world, we grow up with the idea that loving onself is selfish and that feeling any sort of self compassion is a sign of weakness and petty behavior. There is for sure a fine line between self-compassion and self-endulgement: they must not be confused. Anything that might bring a moment of relaxation, peace and detachment from the money-driven, mass production world, is looked at as a wasted life, where the individual is a slacker and an underachiever, a person worthy of pitty and disrespect. It is a society that values money, possession and working hours as priorities, where the rewards are mostly material acqusitions followed by heavy drinking nights, that can make the over-worked week somewhat worth it.

I believe that balance and self-love, self-compassion should be at the top of the priorities’ list, and that whatever jeopardizes its integrity, should be left as the very last resource.


i Noam Chomsky is an American linguist, philosopher, cognitive scientist, historian, social critic, and political activist. Sometimes described as “the father of modern linguistics”, Chomsky is also a major figure in analytic philosophy and one of the founders of the field of cognitive science. He is Institute Professor Emeritus at the Massachusetts Institute of Technology (MIT), where he has worked since 1955, and is the author of over 100 books on topics such as linguistics, war, politics, and mass media. Ideologically, he aligns with anarcho-syndicalism and libertarian socialism. ii Adam Smith was a Scottish economist, philosopher, and author. He was a moral philosopher, a pioneer of political economy, and was a key figure during the Scottish Enlightenment era.[1] He is best known for two classic works: The Theory of Moral Sentiments (1759), and An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (1776). The latter, usually abbreviated as The Wealth of Nations, is considered his magnum opus and the first modern work of economics.[2]
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Things That Break

I fix my heart like I’m fixing this bowl: slowly, but certain; one broken piece at a time, making sure I don’t put too much pressure, but not letting go until I’m sure the glue has dried long enough to hold the pieces back together.

Most people –normal people, perhaps- stare at the broken pieces, focusing on the tragedy they have caused; giving up,  getting too sad and even angry at times, and wondering how in the world they will go on without the functional bowl, where will all those things it used to hold go now? They stare, taken by the emptiness this brokeness has left, and trying to decide whether to sweep the pieces, or keep them –you know, just in case.

Next to taking it as a tragedy, preteding we’ve never had it in the first place and looking for another bowl that will do the job, while we find another one we trully want, seems like the easy way out. The most logical solution. Easy, although maybe not the most confortable choice. Now we’re stuck with a bowl we don’t even like, wondering what if we had tried to repair it in the first place.

I’ve kept this broken bowl for a few weeks now. The actual bowl. I didn’t break it. Actually, no one did. It was nobody’s fault. It was an unexpected accident, a crash of two things, one in motion and the other static; it being the one that fell and broke. That is all that happened. There was no use in me dwelling on the tragic loss of my brand-new, one-of-a-kind bowl. Instead, I put those pieces in a bag, closed it tight to make sure they didn’t get lost, and I waited for the right time to start putting it back together. Incidentally, now is that time.

This all came to me as sudden as the bowl broke: putting it back together is the right choice. I get to keep this one-of-a-kind, beautiful bowl, with the cracks that will forever remind me of how nothing can ever stay perfect, but will forever remain as beautiful to my eyes. It will always hold its fun and original journey into my life; as well as great anecdotes in it. It’s just that now it has a new use. I won’t be able to pour liquids in it, I may not be able to use it as often, nor eat from it perhaps. But, I will keep it in a special place in my house –in my heart– where I can decide what to put in with more freedom, not being affraid because I now know that if it breaks again I will know how to put it back together. I won’t be thinking whether to leave it in that corner or not, because I am no longer affraid of it loosing it’s perfect shape. It has, and as ironic as that sounds, it is more valuable now… it now is trully, one-of-a-kind.

As for the new shape, the visible cracks and possible chipped corners, they don’t bother me. I own it–all of it, just as it is now. I will know better the next time I run into something that’s rare and not easy to find. I will know how to appreciate its value not because of its obvious beauty, but because I’ll know that chances are, it will break… and become a different thing in my life, with a more personal space, with a new added value; knowing that nothing is lost nor found. Everything is a series of crash and blend, or crash and break moments… and that’s okay.

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EL LIBRO DE MANUEL GARCIA “MEMORIAS DE POS GUERRA. DIALOGOS CON LA CULTURAL DEL EXILIO (1939- 1975)

EL LIBRO DE MANUEL GARCIA “MEMORIAS DE POS GUERRA. DIALOGOS CON LA CULTURAL DEL EXILIO (1939- 1975)

 

                     POR ELENA PONIATOWSKA

 

Los libros que se refieren a  la guerra de España  conmueven hasta la médula y esto me sucede con el libro de Manuel García “Memorias de pos guerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939- 1975)” publicado por la Universitat de Valencia en España. No es la primera vez que Manuel García habla con particular excelencia del  exilio. Ya lo había hecho como autor y editor con el libro “Exiliados. La emigración cultural valenciana. Siglos XVI – XX”.  Este libro consta  de entrevistas con personajes  que tuvieron que salir de España para poder seguir viviendo, hombres, mujeres y niños perseguidos por la guerra civil, varios de ellos para mí entrañables, Max Aub, Federico Álvarez, los hermanos Mayo, Adolfo Sánchez Vázquez, Concha Méndez avecindada en Coyoacán y el politólogo Rafael Segovia que se casó con mi compañera del  Liceo Franco Mexicano, Polo Forcella.  El libro de Manuel García incluye además a mexicanos de la talla de Octavio Paz y José  Luis  Martínez y a seres mágicos y creativos como los dos fotógrafos Kati Horna y Walter Reuter. Concha Méndez era un sol de más en el jardín asoleado de Coyoacán, madre de Paloma Altolaguirre. Ese jardín también albergaba a Luis Cernuda quién vivía con lentitud su exilio mexicano “Amargos son los días/ de la vida viviendo/ solo una larga espera/ a fuerza de recuerdos”. Mientras le enseñó a leer a Paloma Altolaguirre, madre de un escritor cuya muerte todos lamentamos porque era un muchacho espléndido: Manuel Ulacia,  poeta y autor de un  libro sobre Octavio Paz con quién pasó muchos fines de año, muchos de los 31 de  diciembre de su joven vida.

    Paloma, hija de Concha Méndez y Manolo Altolaguirre es quién más cercanía tuvo con Luis Cernuda y nos cuenta cómo iba casi a diario al cine y asistía puntualmente a su aula en la Universidad Nacional Autónoma de México. Era un hombre guapo y pulcro, leía mucho, oía música clásica y veía a muy poca gente. Gracias a las preguntas de Manuel García a Luis Alcoriza, director de cine, me entero de que tanto Buñuel como Luis Alcoriza se propusieron filmar la novela “Bajo el volcán” de Malcolm Lowry y se dieron cuenta que era inadaptable porque en el cine lo que cuenta es la imagen y la emoción visual y aunque años más tarde Richard Burton habría de interpretar al Cónsul, la película no logró reflejar la vida interior de ese gran bebedor que pasó su vida en una cantina mexicana y reflexionó durante horas en el significado filosófico de un letrero plantado en el pasto del jardín principal de Cuernavaca que decía: “¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!”. Malcom Lowry que nunca se protegió a sí mismo pensó que este mensaje enviado desde el más allá le estaba destinado y sin embargo lo desoyó.

 

 

     El gran actor Augusto Benedico recuerda a Ofelia Guilmain y asegura que los años cuarenta son los años del Cine Nacional Mexicano. Como soy devota no sólo del cine de Luis Buñuel sino de su persona atesoro una anécdota a propósito de un oso que vive con una familia simplemente porque a don Luis se le antojó meterlo a la casa y sobre todo la de unas hojas de árbol que de pronto caen sobre la cabeza de unas mujeres. Nadie entiende qué diablos hacen las hojas de árbol dentro de los sanitarios como suelen llamarlos ahora en México y por qué van a dar sobre el cabello de las mujeres y nadie se pregunta si vienen o no a cuento, es simplemente una fantasía buñuelesca que el mismo Buñuel explica: “En España hay una ciudad que se llama Cuenca que está sobre un acantilado. El servicio da al precipicio. Y como está muy alto se ven volar las águilas, hay mucho viento, y el viento trae muchas hojas y a las mujeres se les llena la cabeza de hojas”.

En este momento en que acabamos de celebrar el centenario de Octavio Paz, el historial latinoamericano de Juan Gil Albert se vuelve muy importante porque fue secretario de redacción de la revista “Taller”  que Octavio Paz siempre consideró esencial dentro de la historia de la literatura hispana. La respuesta  de Juan Gil Alberto es particularmente emotiva porque habla de Elena Garro y de su hija, Elena Paz Garro que murió un día antes del gran festejo en Bellas Artes del centenario de Octavio Paz, el domingo 30 de Marzo. Juan Gil Albert le confía a Manuel García que no ha olvidado nunca a Elena Garro y que la separación de ambos, Octavio y Elena, le dolió mucho. Cuando Elena estuvo en España con su hija también Elena, a Juan Gil Albert le extraño mucho que no lo buscara porque tenía una buena amistad. También Gil Albert responde humilde y extrañado a la pregunta de Manuel García acerca de su candidatura al Premio Príncipe de Asturias. “Se lo dieron a Rosa Chacel. Nosotros nos conocíamos de antes de la guerra. Luego la vi durante mi exilio cuando viajé a Río de Janeiro”. También le pregunta Manuel García a Gil Albert: “Usted es ahora presidente del Consejo Valenciano de Cultura, un organismo en el que no hay ninguna mujer. ¿Qué le parece?” y con toda humildad el entrevistado responde: “Me dice usted una cosa que no me había planteado. Es el primer comentario que recibo al respecto. Claro que si usted lo dice deberíamos reflexionar sobre el tema. Me quedo impresionado por lo que dice”.

Debo afirmar aquí que tengo una enorme devoción por los republicanos y siempre atesoré su amistad, la de Monseñor José María Gallegos Rocafull que comía cada quince días en casa de mis padres y esperábamos con ilusión, la de Juan Rejano que parecía un toro de Miura, la de León Felipe en su casa de Miguel N. Schultz que llamaba a su  mujer: “Bertuca, Bertuca, ven a ver a una polaquita”, la de José Gaos y Eduardo Nicol a cuyas conferencias mi madre acudía desde que leyó su libro “Psicología de las situaciones vitales”, la de Angelita, mujer de Miguel Prieto, gran amigo del astrónomo Guillermo Haro quien formaba el suplemento cultural del periódico “Novedades”. Aunque nunca conocimos al filósofo Joaquín Xirau,  padre de Ramón fuimos durante años amigos de Ramón y Ana María y su hijo Joaquín, menor que mi hermano Jan muerto a los 21 años solía jugar con el bajo el gran sabino de la casa de La Morena número 426. Lo llamábamos Tin.

 Todos los años, el día de Reyes, el 6 de enero Raoul y Carito Fournier ofrecían una rosca de reyes en su casa de San Jerónimo y allí pude conocer a Nicolau d’Olwer quién declaró que Sahagún en su “Historia general de las cosas de la Nueva España” es el primero en darnos una posible clave para la comprensión total, íntima del mundo, la cultura y la religión aztecas. Más tarde todas las escritoras habríamos de apasionarnos por Joaquín Diez Canedo, su pipa y sus ediciones maravillosas, su paciencia a toda prueba para editar la monumental “Terra Nostra” de Carlos Fuentes (Monsiváis decía que era necesario obtener una beca Guggenheim para poder leerla) y “Palinuro de México” de Fernando del Paso. La China Mendoza gritaba a todo pulmón desde la entrada de la editorial Joaquín Mortiz, “Joaquín te amo, Joaquín voy a matarme si no me correspondes” y Joaquín acostumbrado a las cumbres borrascosas de la que son capaces las mujeres enamoradas ni siquiera sacaba su pipa de su boca.

 

De todos, la amistad más profunda que hice fue con el retraído y expectante Vicente Rojo de mi misma edad, con quien comparto algo intangible que ambos llevamos dentro y tiene que ver con el silencio.    

Como pude entrevistar a Félix Candela que aguantó mis preguntas de primeriza me fascinó leer lo que otro arquitecto Enrique Segarra (quién construyó la mitad del puerto de Veracruz según Ruiz Funes) y admiraba al extraordinario Félix Candela, el creador de las cubiertas aladas, quién trabajó para el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez durante las Olimpiadas de México de 1968. Candela hizo el Palacio de Deportes de la Ciudad Universitaria y como paso por ahí con frecuencia recuerdo a Candela también con frecuencia.  Siempre que veo techos tirados como pañuelos o cofias de religiosas de San Vicente encima de construcciones  creo que las dejaron caer desde un avión Félix Candela, inventor de las bóvedas de cascarón de 5 centímetros como todavía puede verse cual ala de paloma encima del restaurante de Xochimilco.

Así como la película “Subida al cielo”, el gran exilio español en México nos subió a nosotros al cielo, al de la inteligencia, al de la nobleza y en cierto modo al del heroísmo porque nos enseñó que hay causas por las cuales vale la pena jugarnos la vida. Todos nos lanzamos  de cabeza dentro  del corazón republicano porque era noble, era cálido, era generoso y hasta tenía sentido del humor. Todas las mañanas, los que llamábamos “los refugiados” amanecían a su nueva vida con una entereza que ya quisiéramos para un día de fiesta. Luis de Llano Palmer empezó a ganarse la vida en la XEQ. Nadie le tuvo miedo al trabajo, y todos los periodistas recordamos a los hermanos Mayo, a Faustino, a Julio, a Cándido que hoy podrían equipararse a Goya con todos sus retratos de la realidad, así como Goya podría ser “el primer reportero del siglo XX como le dijo Julio a Manuel García.

Por último quisiera recordar a una mujer que no aparece en el libro de Manuel García  y llevaba el nombre de Encarnita Fuyola. Vivía muy pobremente en la calle de López arriba de la tienda de platos, cazuelas, vajillas, sartenes, vasos y jarrones llamada “El ánfora”. Era vieja y gorda. Nunca la vi sin su delantal y cada vez que la visité la encontré en su silla de ruedas. Tuvo un hijo con un mexicano; no la cuidaban ni el padre ni el hijo. Me contó que había sido enfermera del Hospital  Obrero que dirigía el  doctor Juan Planelles durante la guerra y trabajó junto a Tina Modotti. “Yo no era importante, ni siquiera enfermera, era una afanadora, sacaba las bacinicas”. Escucharla fue un bálsamo y una lección de vida y una tarde, después de una copita de jerez que compré en una tienda de abarrotes y bebimos contentas, me confesó que ella era la guerrillera que había ayudado a volar un puente y aparecía en el libro de Hemingway de “Por quién doblan las campanas”. A su entierro no acudió nadie, ni siquiera su hijo. 

Sólo me queda agradecerle al magnífico escritor que es Manuel García su magnífico libro y decirle que la lucha heroica de los republicanos fue una lucha libertaria que él supo consignar al entrevistar a  algunos de los que vivieron su exilio entre nosotros para honra y riqueza de la cultura mexicana.

                 FIN

7

La complicidad de lo obtenido.

A lo largo de mi vida, he leído algunas cosas sobre el hombre y la mujer “ideales”, algunas veces por curiosidad, otras por mera distracción y algunas veces por verdadero deseo de informarme. Después de varias fuentes, llego a la conclusión de que la fantasía y la ceguera gobiernan en gran parte, pero que a la vez es una decisión personal e irrefutablemente propia, el hasta dónde se estira ese deseo de pertenencia y de perseguir un ideal. De entrada, querid@ lector/a te cuento que soy totalmente defectuosa. Para nada ese “ideal”, así que no te sientas juzgad@. Que soy “terca”, tengo un carácter fuerte y más curvas que el Cerro de la Sepultura (si no comprendes, Google “Cerro de la Sepultura”, ¡ya verás!), y que también amo desde mis entrañas y río y lloro como niña de kinder. No vivo bajo ninguna fantasía de que yo estoy siempre en lo “cierto” ni de que soy la mujer perfecta. Sencillamente, soy. Dentro de mis búsquedas y curiosidades, encontré un artículo de una mujer anciana que hablaba de lo valioso que hay en la vida, y del cómo es triste tener que llegar a tales años para adquirir sabiduría— ¿ironías de la vida, o pretextos de antaño?, no lo sé. Pero me pareció efectivamente triste. Hoy en día, el mundo de la sobre información nos permite saber mucho de lo que antes se ignoraba, y a la vez, caer en un juego de ideales, deseos y falsas creencias.   Cuando conozco personas bellas que están pasando por divorcios tormentosos, porque su carácter es corto y/o simplemente incompatible, pienso en los años y momentos compartidos, y en el instante o los años de deseo, que los hubo llevado a lograr lo obtenido; y que una vez teniéndolo, no supieron qué hacer con ello, más que probablemente crear más seres humanos, como lo marca la sociedad, y/o el rompimiento de dos -o más- corazones por terminar sus vidas como las conocen. Es una complicidad -el matrimonio y/o la vida en pareja- que a veces se toma con la ligereza de un momento de pasión, que ha perdido lo sagrado -y quien me conoce puede entender el peso de mi uso de esta palabra, dado que soy anticlerical totalmente-, el respeto y sobre todo la honestidad. Los matrimonios y los divorcios son negocios de alto calibre en nuestra sociedad. Una batalla campal donde sólo los “más fuertes” ganan.   ¿Qué pasa entonces con ese “ideal”? ¿Será que las caras que damos a conocer cuando “ligamos”, son precisamente enfocadas a satisfacer únicamente al otro, llevados por el deseo y el gran miedo a la soledad? ¿Es el amor tan hipócrita, tan descarado y tan minimizado por nosotros, que no es visto como la parte más alta en la jerarquía de valores? ¿Es entonces, un juego de vestidos cortos, zapatos altos y alaciados al por mayor? ¿Es el amor, tener un buen coche, usar ropa de marca, caer en lo “trendy” y en ser “super cool” más bien conocidos como “hipsters 30añeros” que se rehúsan a crecer? ¿Qué no el amor es: con todo y tus defectos, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hoy por ti, mañana por mí? ¿Qué no es el amor caminar lado a lado, sin competir, pero sintiendo admiración y orgullo por los logros personales? La queja de muchas amigas casadas y algunas divorciadas es por lo general, esa represión, ese gran miedo del ego masculino -de perecer- ante el gigante femenino que vienen con fuerza reclamando su lugar con todos sus derechos. Al final, la libertad debe ser un tesoro NO NEGOCIABLE. Grandes naciones van a la guerra por el temor a la pérdida de la misma. Entonces, ¿por qué voluntariamente caminamos hacia esos grilletes sin censura, bajo el total acuerdo de la sociedad, viéndonos marchitar sin esperanzas, ante el género masculino (especialmente latino), que se rehúsa en toda honestidad, a aceptar -en público, porque habría qué ver en privado, como cambia esa misma situación y el discurso que algunos hombres pronuncian con cínica sinceridad- que una mujer puede y debe sobre todas las cosas, estar en el mismo carril. Ante esta situación, el más triste de los encuentros es mi género, generador de ese pensamiento que nos detiene ante el progreso. Ese pensamiento sumiso que nos hace engrandecer a la figura masculina como un premio por el que debemos luchar y provocarnos miles de angustias por: peso, estatura, color, pecas, cabello, maquillaje, pies y columnas desfigurad@s -el que me ame, que intente caminar 1 minuto seguido en tacones de más de 7 cm- formas de interactuar, sostener “la pose”, decir sólo lo “correcto” y en el momento apropiado, nunca contradecir y de hacerlo, saber “hasta donde” y sobre todo… jamás ser absolutamente “tú”, al menos no en el primer año de relación. Es triste ver como algunas mujeres escogen pagar un precio tan alto como su dignidad y su libertad, por el miedo a la soledad. Es casi inadmisible para mí, ver cómo hay mujeres que mantienen económica y emocionalmente a hombres que las maltratan por; de nuevo, miedo a la soledad. La soledad ha sido subestimada, pues sólo adentrándose en ella se puede conocer  bien nuestro interior. “La vida nos da premios en forma de castigos”. La libertad que trae la soledad, convierte al ser humano en tal fortaleza, que los sufrimientos anteriores, especialmente los rompimientos románticos, toman una nueva perspectiva de gran aprendizaje, y crean un nuevo “yo” tan fuerte y tan libre, lleno de amor propio, que a final de cuentas, sólo puede atraer eso mismo. Sin ataduras, sin máscaras, sin tintes ni maquillajes, sin accesorios… sólo el ser. Porque ese ser es con el que la otra persona va a despertar cada mañana. No con el modelo de cuadritos en los abs que se queda sin un peso por “llevarte” (como mascota), al “mejor lugar”. Todo eso… absolutamente TODO es falsedad, y nada que sea artificial o falso incluso en su menor porcentaje, podrá igualar el calor de un abrazo sincero, de un te amo como eres, de un no te necesito, yo te escojo porque haces mi vida ya de por sí linda, mucho más completa. Admirar intelectual y emocionalmente a nuestras parejas, es un sentimiento de triunfo ante la vida, por haber encontrado a alguien por quien, por fin, vale la pena luchar. Temer la pérdida de esa persona no por miedo a la soledad, sino porque es alguien increíble, es una amor mucho más longevo que una atracción severa, y trae muchos mejores momentos, llenos de cariño y de verdadera pasión, porque aunado al deseo carnal… se arraiga con fuerza una increíble sensación de paz. Dejo una cita de uno de los mejores artículos que leí: “Date a woman who knows the beauty of being alone. Date a woman who is hard-headed, who is not afraid to speak her mind, who can be stubborn and passionate and wants to have the occasional debate because she wants to learn how you think and how you see the world. She questions assumptions (including her own), explores ideas, breaks molds. She is naturally curious. She wants to be stretched. She wants to change your mind and she wants her own mind changed. Date a woman who knows fear, sorrow, loss. Who isn’t scared to get naked. She knows that her own beauty lies in knowing her true value (but now and then she forgets, and then you can step in to remind her). Date a woman who knows her way around her own heart and is not afraid to break it. She knows what it wants and she stands up for it with conviction.” —- “Sal con una mujer que conoce la belleza de estar sola. Sal con una mujer que es testaruda, que no tiene miedo a decir lo que piensa, que puede ser terca y apasionado y quiere tener el debate ocasional porque quiere aprender cómo piensas y cómo se ves el mundo. Ella cuestiona suposiciones (incluida las suyas), explora las ideas, rompe moldes. Es curiosa por naturaleza. Ella quiere tener un reto. Ella quiere cambiar de opinión y quiere que su propia mente cambie. Sal con una mujer que conoce el miedo, la tristeza, la pérdida. Quién no tenga miedo a desnudarse. Ella sabe que su propia belleza está en saber su verdadero valor (pero de vez en cuando se le olvida, y entonces tu puedes intervenir para recordárselo). Sal con una mujer que conoce su camino alrededor de su propio corazón y no tiene miedo de romperlo. Ella sabe lo que quiere y defiende con convicción “.