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Estación de amor. (Si el amor te asusta, no lo leas).

Es difícil entender que hay diferentes tipos de amor, cuando la vida no nos ha dado tantas opciones.

Se me ha dicho varias veces, que con seguridad cuando tenga hijos no querré a mis alumnos así, como los quiero. Bueno… cierto es que no sé lo que se siente tener un hijo en la panza, o en mi casa, y para siempre. Así que esa parte, la de ese tipo de amor, la descubriré entonces, cuando eso llegue.

Lo que sí sé es que este tipo de amor, este que me hace el corazón chiquitito, que me hace enojar, y llorar de felicidad a la vez; ese no se irá nunca. Lo sé por que lo siento, y por que soy digna hija de mi madre. Lo sé por que me conozco y sé que en la casa que es mi corazón, hay espacios infinitos para quien quiera quedarse… y para algunos que deciden irse, también. Ahí quedan sus cuartos, tal como los dejan por si a caso pensaran volver.

El amor, no se mide por el estatus en la vida de alguien; el amor, como el respeto, se gana. El amor, es transformable, invisible e intangible, e innegablemente sensible. El amor es tan justo y tan noble, que no se rinde ni se cansa, cuando es real. Y también sabe cuando irse para siempre. A esto diré que no hay amor más real que el de un niño. Un niño de cualquier edad, cuando da su corazón, lo da completo y para siempre. Y, es que es tan justo y tan manso; que entiende que no siempre es abrazos, besos y apapachos. Es tan perfecto, que entiende que a veces es duro y que nos llena de realidad. Realidades que a veces no queremos escuchar, pero que a la larga florecen con colores tan intensos, como sólo el fruto de un amor puro puede dar.

Ese amor, ese sentimiento, esa realidad, no se cancela por tener otra más fuerte, o diferente. Este cariño que va intrínseco en mis regaños, en mi diario dirigir, en mi tono de voz, en mi mirada seria y a veces intimidante, es eso: amor. Ellos lo saben. no hay pensamiento ni juicio más inteligente, que el de un niño que no ve la vida como una oportunidad para ganar, sino una oportunidad para vivir y ya.

Ser maestra ha sido una elección de vida que he hecho desde hace 8 años, con un compromiso que se aferró a mi corazón, desde el día #1, en que me aventé al ruedo sin saber… y me enfrenté de golpe con las primeras lágrimas. La carita de esa niña de 8 años que lloraba desconsoladamente, diciéndome al saberme el nuevo reemplazo: “nunca te voy a querer, yo quiero a mi maestra Brenda”, amarró con esa frase el primer nudo en mí, que sigue atado a mis adentros, como el cordón umbilical de un bebé a su mamá. En ese momento pensé que yo tenía qué ser su centro de descarga, no el motivo de su sufrimiento. Así que esa niña, que fue de mis mejores alumnas y ahora está por terminar la prepa, se hizo un cuarto en mi corazón, desde esa promesa… y seguirá ahí, hasta que yo me muera.

Muchos han pasado por aquí, peleando, aventando puertas, teniendo arrebatos adolescentes, y haciendo travesuras inocentes. A mucho se ha expuesto mi ser, a veces sintiéndome derrotada, rindiéndome ante la innegable fuerza y energía de la niñez. Pero entonces, momentos como el de hoy suceden; cuando la *canción sugerida por un niño de 11 años, le mueve de tal forma que lo hace cantar quedito, viendo a un punto en el espacio, repitiendo las palabras con fuerza casi silenciosa, de una forma que me hizo llegar a su lado, con cuidado de no asustarle, y darle un abrazo. Ese momento, ese instante de segundos en que soy testigo de los sentimientos de otro ser humano, ese vale apostarle todo a lo que hago, año tras año.

Hay muchos tipos de amor. Bendita vida que día a día me permite ser partícipe, a veces protagonista, otras veces espectadora, y a veces intermediaria; pero siempre presente, de ese efímero momento en que la importancia del ser humano, se define.

Ama, con todo tu corazón. Todos los días de tu vida.

*Canción sugerida: https://www.youtube.com/watch?v=2fngvQS_PmQ&list=LLtJXftywZYfHzec5Jolt2Bg&index=1

 

 

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Nada.

No hubo necesidad de sonreír exageradamente. No se sintieron los elogios, ni las dulces palabras de amor. Era innecesaria tal demanda social. A final de cuentas, sólo la mirada, el pasar de las horas y el lugar en sus brazos. Nada. Sólo eso bastó. 

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EL LIBRO DE MANUEL GARCIA “MEMORIAS DE POS GUERRA. DIALOGOS CON LA CULTURAL DEL EXILIO (1939- 1975)

EL LIBRO DE MANUEL GARCIA “MEMORIAS DE POS GUERRA. DIALOGOS CON LA CULTURAL DEL EXILIO (1939- 1975)

 

                     POR ELENA PONIATOWSKA

 

Los libros que se refieren a  la guerra de España  conmueven hasta la médula y esto me sucede con el libro de Manuel García “Memorias de pos guerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939- 1975)” publicado por la Universitat de Valencia en España. No es la primera vez que Manuel García habla con particular excelencia del  exilio. Ya lo había hecho como autor y editor con el libro “Exiliados. La emigración cultural valenciana. Siglos XVI – XX”.  Este libro consta  de entrevistas con personajes  que tuvieron que salir de España para poder seguir viviendo, hombres, mujeres y niños perseguidos por la guerra civil, varios de ellos para mí entrañables, Max Aub, Federico Álvarez, los hermanos Mayo, Adolfo Sánchez Vázquez, Concha Méndez avecindada en Coyoacán y el politólogo Rafael Segovia que se casó con mi compañera del  Liceo Franco Mexicano, Polo Forcella.  El libro de Manuel García incluye además a mexicanos de la talla de Octavio Paz y José  Luis  Martínez y a seres mágicos y creativos como los dos fotógrafos Kati Horna y Walter Reuter. Concha Méndez era un sol de más en el jardín asoleado de Coyoacán, madre de Paloma Altolaguirre. Ese jardín también albergaba a Luis Cernuda quién vivía con lentitud su exilio mexicano “Amargos son los días/ de la vida viviendo/ solo una larga espera/ a fuerza de recuerdos”. Mientras le enseñó a leer a Paloma Altolaguirre, madre de un escritor cuya muerte todos lamentamos porque era un muchacho espléndido: Manuel Ulacia,  poeta y autor de un  libro sobre Octavio Paz con quién pasó muchos fines de año, muchos de los 31 de  diciembre de su joven vida.

    Paloma, hija de Concha Méndez y Manolo Altolaguirre es quién más cercanía tuvo con Luis Cernuda y nos cuenta cómo iba casi a diario al cine y asistía puntualmente a su aula en la Universidad Nacional Autónoma de México. Era un hombre guapo y pulcro, leía mucho, oía música clásica y veía a muy poca gente. Gracias a las preguntas de Manuel García a Luis Alcoriza, director de cine, me entero de que tanto Buñuel como Luis Alcoriza se propusieron filmar la novela “Bajo el volcán” de Malcolm Lowry y se dieron cuenta que era inadaptable porque en el cine lo que cuenta es la imagen y la emoción visual y aunque años más tarde Richard Burton habría de interpretar al Cónsul, la película no logró reflejar la vida interior de ese gran bebedor que pasó su vida en una cantina mexicana y reflexionó durante horas en el significado filosófico de un letrero plantado en el pasto del jardín principal de Cuernavaca que decía: “¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!”. Malcom Lowry que nunca se protegió a sí mismo pensó que este mensaje enviado desde el más allá le estaba destinado y sin embargo lo desoyó.

 

 

     El gran actor Augusto Benedico recuerda a Ofelia Guilmain y asegura que los años cuarenta son los años del Cine Nacional Mexicano. Como soy devota no sólo del cine de Luis Buñuel sino de su persona atesoro una anécdota a propósito de un oso que vive con una familia simplemente porque a don Luis se le antojó meterlo a la casa y sobre todo la de unas hojas de árbol que de pronto caen sobre la cabeza de unas mujeres. Nadie entiende qué diablos hacen las hojas de árbol dentro de los sanitarios como suelen llamarlos ahora en México y por qué van a dar sobre el cabello de las mujeres y nadie se pregunta si vienen o no a cuento, es simplemente una fantasía buñuelesca que el mismo Buñuel explica: “En España hay una ciudad que se llama Cuenca que está sobre un acantilado. El servicio da al precipicio. Y como está muy alto se ven volar las águilas, hay mucho viento, y el viento trae muchas hojas y a las mujeres se les llena la cabeza de hojas”.

En este momento en que acabamos de celebrar el centenario de Octavio Paz, el historial latinoamericano de Juan Gil Albert se vuelve muy importante porque fue secretario de redacción de la revista “Taller”  que Octavio Paz siempre consideró esencial dentro de la historia de la literatura hispana. La respuesta  de Juan Gil Alberto es particularmente emotiva porque habla de Elena Garro y de su hija, Elena Paz Garro que murió un día antes del gran festejo en Bellas Artes del centenario de Octavio Paz, el domingo 30 de Marzo. Juan Gil Albert le confía a Manuel García que no ha olvidado nunca a Elena Garro y que la separación de ambos, Octavio y Elena, le dolió mucho. Cuando Elena estuvo en España con su hija también Elena, a Juan Gil Albert le extraño mucho que no lo buscara porque tenía una buena amistad. También Gil Albert responde humilde y extrañado a la pregunta de Manuel García acerca de su candidatura al Premio Príncipe de Asturias. “Se lo dieron a Rosa Chacel. Nosotros nos conocíamos de antes de la guerra. Luego la vi durante mi exilio cuando viajé a Río de Janeiro”. También le pregunta Manuel García a Gil Albert: “Usted es ahora presidente del Consejo Valenciano de Cultura, un organismo en el que no hay ninguna mujer. ¿Qué le parece?” y con toda humildad el entrevistado responde: “Me dice usted una cosa que no me había planteado. Es el primer comentario que recibo al respecto. Claro que si usted lo dice deberíamos reflexionar sobre el tema. Me quedo impresionado por lo que dice”.

Debo afirmar aquí que tengo una enorme devoción por los republicanos y siempre atesoré su amistad, la de Monseñor José María Gallegos Rocafull que comía cada quince días en casa de mis padres y esperábamos con ilusión, la de Juan Rejano que parecía un toro de Miura, la de León Felipe en su casa de Miguel N. Schultz que llamaba a su  mujer: “Bertuca, Bertuca, ven a ver a una polaquita”, la de José Gaos y Eduardo Nicol a cuyas conferencias mi madre acudía desde que leyó su libro “Psicología de las situaciones vitales”, la de Angelita, mujer de Miguel Prieto, gran amigo del astrónomo Guillermo Haro quien formaba el suplemento cultural del periódico “Novedades”. Aunque nunca conocimos al filósofo Joaquín Xirau,  padre de Ramón fuimos durante años amigos de Ramón y Ana María y su hijo Joaquín, menor que mi hermano Jan muerto a los 21 años solía jugar con el bajo el gran sabino de la casa de La Morena número 426. Lo llamábamos Tin.

 Todos los años, el día de Reyes, el 6 de enero Raoul y Carito Fournier ofrecían una rosca de reyes en su casa de San Jerónimo y allí pude conocer a Nicolau d’Olwer quién declaró que Sahagún en su “Historia general de las cosas de la Nueva España” es el primero en darnos una posible clave para la comprensión total, íntima del mundo, la cultura y la religión aztecas. Más tarde todas las escritoras habríamos de apasionarnos por Joaquín Diez Canedo, su pipa y sus ediciones maravillosas, su paciencia a toda prueba para editar la monumental “Terra Nostra” de Carlos Fuentes (Monsiváis decía que era necesario obtener una beca Guggenheim para poder leerla) y “Palinuro de México” de Fernando del Paso. La China Mendoza gritaba a todo pulmón desde la entrada de la editorial Joaquín Mortiz, “Joaquín te amo, Joaquín voy a matarme si no me correspondes” y Joaquín acostumbrado a las cumbres borrascosas de la que son capaces las mujeres enamoradas ni siquiera sacaba su pipa de su boca.

 

De todos, la amistad más profunda que hice fue con el retraído y expectante Vicente Rojo de mi misma edad, con quien comparto algo intangible que ambos llevamos dentro y tiene que ver con el silencio.    

Como pude entrevistar a Félix Candela que aguantó mis preguntas de primeriza me fascinó leer lo que otro arquitecto Enrique Segarra (quién construyó la mitad del puerto de Veracruz según Ruiz Funes) y admiraba al extraordinario Félix Candela, el creador de las cubiertas aladas, quién trabajó para el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez durante las Olimpiadas de México de 1968. Candela hizo el Palacio de Deportes de la Ciudad Universitaria y como paso por ahí con frecuencia recuerdo a Candela también con frecuencia.  Siempre que veo techos tirados como pañuelos o cofias de religiosas de San Vicente encima de construcciones  creo que las dejaron caer desde un avión Félix Candela, inventor de las bóvedas de cascarón de 5 centímetros como todavía puede verse cual ala de paloma encima del restaurante de Xochimilco.

Así como la película “Subida al cielo”, el gran exilio español en México nos subió a nosotros al cielo, al de la inteligencia, al de la nobleza y en cierto modo al del heroísmo porque nos enseñó que hay causas por las cuales vale la pena jugarnos la vida. Todos nos lanzamos  de cabeza dentro  del corazón republicano porque era noble, era cálido, era generoso y hasta tenía sentido del humor. Todas las mañanas, los que llamábamos “los refugiados” amanecían a su nueva vida con una entereza que ya quisiéramos para un día de fiesta. Luis de Llano Palmer empezó a ganarse la vida en la XEQ. Nadie le tuvo miedo al trabajo, y todos los periodistas recordamos a los hermanos Mayo, a Faustino, a Julio, a Cándido que hoy podrían equipararse a Goya con todos sus retratos de la realidad, así como Goya podría ser “el primer reportero del siglo XX como le dijo Julio a Manuel García.

Por último quisiera recordar a una mujer que no aparece en el libro de Manuel García  y llevaba el nombre de Encarnita Fuyola. Vivía muy pobremente en la calle de López arriba de la tienda de platos, cazuelas, vajillas, sartenes, vasos y jarrones llamada “El ánfora”. Era vieja y gorda. Nunca la vi sin su delantal y cada vez que la visité la encontré en su silla de ruedas. Tuvo un hijo con un mexicano; no la cuidaban ni el padre ni el hijo. Me contó que había sido enfermera del Hospital  Obrero que dirigía el  doctor Juan Planelles durante la guerra y trabajó junto a Tina Modotti. “Yo no era importante, ni siquiera enfermera, era una afanadora, sacaba las bacinicas”. Escucharla fue un bálsamo y una lección de vida y una tarde, después de una copita de jerez que compré en una tienda de abarrotes y bebimos contentas, me confesó que ella era la guerrillera que había ayudado a volar un puente y aparecía en el libro de Hemingway de “Por quién doblan las campanas”. A su entierro no acudió nadie, ni siquiera su hijo. 

Sólo me queda agradecerle al magnífico escritor que es Manuel García su magnífico libro y decirle que la lucha heroica de los republicanos fue una lucha libertaria que él supo consignar al entrevistar a  algunos de los que vivieron su exilio entre nosotros para honra y riqueza de la cultura mexicana.

                 FIN

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La complicidad de lo obtenido.

En los últimos días, meses y años, he leído algunas cosas sobre el hombre y la mujer “ideales”, algunas veces por curiosidad, otras por mera distracción y algunas veces por verdadero deseo de informarme. Después de varias fuentes, llego a la conclusión de que la fantasía y la ceguera gobiernan en gran parte, pero que a la vez es una decisión personal e irrefutablemente propia, el hasta dónde se estira ese deseo de pertenencia y de perseguir un ideal. De entrada, querid@ lector/a te cuento que soy totalmente defectuosa. Para nada ese “ideal”, así que no te sientas juzgad@. Que soy “terca”, tengo un carácter fuerte y más curvas que el Cerro de la Sepultura (si no comprendes, Google “Cerro de la Sepultura”, ¡ya verás!), y que también amo desde mis entrañas y río y lloro como niña de kinder. No vivo bajo ninguna fantasía de que yo estoy siempre en lo “cierto” ni de que soy la mujer perfecta. Sencillamente, soy. Dentro de mis búsquedas y curiosidades, encontré un artículo de una mujer anciana que hablaba de lo valioso que hay en la vida, y del cómo es triste tener que llegar a tales años para adquirir sabiduría— ¿ironías de la vida, o pretextos de antaño?, no lo sé. Pero me pareció efectivamente triste. Hoy en día, el mundo de la sobre información nos permite saber mucho de lo que antes se ignoraba, y a la vez, caer en un juego de ideales, deseos y falsas creencias.   Cuando conozco personas bellas que están pasando por divorcios tormentosos, porque su carácter es corto y/o simplemente incompatible, pienso en los años y momentos compartidos, y en el instante o los años de deseo, que los hubo llevado a lograr lo obtenido; y que una vez teniéndolo, no supieron qué hacer con ello, más que probablemente crear más seres humanos, como lo marca la sociedad, y/o el rompimiento de dos -o más- corazones por terminar sus vidas como las conocen. Es una complicidad -el matrimonio y/o la vida en pareja- que a veces se toma con la ligereza de un momento de pasión, que ha perdido lo sagrado -y quien me conoce puede entender el peso de mi uso de esta palabra, dado que soy anticlerical totalmente-, el respeto y sobre todo la honestidad. Los matrimonios y los divorcios son negocios de alto calibre en nuestra sociedad. Una batalla campal donde sólo los “más fuertes” ganan.   ¿Qué pasa entonces con ese “ideal”? ¿Será que las caras que damos a conocer cuando “ligamos”, son precisamente enfocadas a satisfacer únicamente al otro, llevados por el deseo y el gran miedo a la soledad? ¿Es el amor tan hipócrita, tan descarado y tan minimizado por nosotros, que no es visto como la parte más alta en la jerarquía de valores? ¿Es entonces, un juego de vestidos cortos, zapatos altos y alaciados al por mayor? ¿Es el amor, tener un buen coche, usar ropa de marca, caer en lo “trendy” y en ser “super cool” más bien conocidos como “hipsters 30añeros” que se rehúsan a crecer? ¿Qué no el amor es: con todo y tus defectos, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hoy por ti, mañana por mí? ¿Qué no es el amor caminar lado a lado, sin competir, pero sintiendo admiración y orgullo por los logros personales? La queja de muchas amigas casadas y algunas divorciadas es por lo general, esa represión, ese gran miedo del ego masculino -de perecer- ante el gigante femenino que vienen con fuerza reclamando su lugar con todos sus derechos. Al final, la libertad debe ser un tesoro NO NEGOCIABLE. Grandes naciones van a la guerra por el temor a la pérdida de la misma. Entonces, ¿por qué voluntariamente caminamos hacia esos grilletes sin censura, bajo el total acuerdo de la sociedad, viéndonos marchitar sin esperanzas, ante el género masculino (especialmente latino), que se rehúsa en toda honestidad, a aceptar -en público, porque habría qué ver en privado, como cambia esa misma situación y el discurso a “te quiero, pero lees demasiado, nadie es como tú”, “vas muy rápido, me intimidas” etc…- que una mujer puede y debe sobre todas las cosas, estar en el mismo carril. Ante esta situación, el más triste de los encuentros es mi género, generador de ese pensamiento que nos detiene ante el progreso. Ese pensamiento sumiso que nos hace engrandecer a la figura masculina como un premio por el que debemos luchar y provocarnos miles de angustias por: peso, estatura, color, pecas, cabello, maquillaje, pies y columnas desfigurad@s -el que me ame, que intente caminar 1 minuto seguido en tacones de más de 7 cm- formas de interactuar, sostener “la pose”, decir sólo lo “correcto” y en el momento apropiado, nunca contradecir y de hacerlo, saber “hasta donde” y sobre todo… jamás ser absolutamente “tú”, al menos no en el primer año de relación. Es triste ver como algunas mujeres escogen pagar un precio tan alto como su dignidad y su libertad, por el miedo a la soledad. Es casi inadmisible para mí, ver cómo hay mujeres que mantienen económica y emocionalmente a hombres que las maltratan por; de nuevo, miedo a la soledad. La soledad ha sido subestimada, pues sólo adentrándose en ella se puede conocer  bien nuestro interior. “La vida nos da premios en forma de castigos”. La libertad que trae la soledad, convierte al ser humano en tal fortaleza, que los sufrimientos anteriores, especialmente los rompimientos románticos, toman una nueva perspectiva de gran aprendizaje, y crean un nuevo “yo” tan fuerte y tan libre, lleno de amor propio, que a final de cuentas, sólo puede atraer eso mismo. Sin ataduras, sin máscaras, sin tintes ni maquillajes, sin accesorios… sólo el ser. Porque ese ser es con el que la otra persona va a despertar cada mañana. No con el modelo de cuadritos en los abs que se queda sin un peso por “llevarte” (como mascota), al “mejor lugar”. Todo eso… absolutamente TODO es falsedad, y nada que sea artificial o falso incluso en su menor porcentaje, podrá igualar el calor de un abrazo sincero, de un te amo como eres, de un no te necesito, yo te escojo porque haces mi vida ya de por sí linda, mucho más completa. Admirar intelectual y emocionalmente a nuestras parejas, es un sentimiento de triunfo ante la vida, por haber encontrado a alguien por quien, por fin, vale la pena luchar. Temer la pérdida de esa persona no por miedo a la soledad, sino porque es alguien increíble, es una amor mucho más longevo que una atracción severa, y trae muchos mejores momentos, llenos de cariño y de verdadera pasión, por que aunado al deseo carnal… se arraiga con fuerza una increíble sensación de paz. Dejo una cita de uno de los mejores artículos que leí: “Date a woman who knows the beauty of being alone. Date a woman who is hard-headed, who is not afraid to speak her mind, who can be stubborn and passionate and wants to have the occasional debate because she wants to learn how you think and how you see the world. She questions assumptions (including her own), explores ideas, breaks molds. She is naturally curious. She wants to be stretched. She wants to change your mind and she wants her own mind changed. Date a woman who knows fear, sorrow, loss. Who isn’t scared to get naked. She knows that her own beauty lies in knowing her true value (but now and then she forgets, and then you can step in to remind her). Date a woman who knows her way around her own heart and is not afraid to break it. She knows what it wants and she stands up for it with conviction.” —- “Sal con una mujer que conoce la belleza de estar sola. Sal con una mujer que es testaruda, que no tiene miedo a decir lo que piensa, que puede ser terca y apasionado y quiere tener el debate ocasional porque quiere aprender cómo piensas y cómo se ves el mundo. Ella cuestiona suposiciones (incluida las suyas), explora las ideas, rompe moldes. Es curiosa por naturaleza. Ella quiere tener un reto. Ella quiere cambiar de opinión y quiere que su propia mente cambie. Sal con una mujer que conoce el miedo, la tristeza, la pérdida. Quién no tenga miedo a desnudarse. Ella sabe que su propia belleza está en saber su verdadero valor (pero de vez en cuando se le olvida, y entonces tu puedes intervenir para recordárselo). Sal con una mujer que conoce su camino alrededor de su propio corazón y no tiene miedo de romperlo. Ella sabe lo que quiere y defiende con convicción “.